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Obra

El impulso hacia lo teatral de Salvador Dalí tuvo uno de los campos de experimentación más destacados en sus diseños escenográficos. Dalí aborda esta realización escenográfica en 1949, momento en que acababa de volver a España tras un largo periodo en EE.UU., donde realizó numerosas colaboraciones en este sentido. Durante la década previa Dalí había centrado buena parte de su obra artística y literaria en la construcción de un personaje, enfatizando su carácter de máscara. La teatralidad inunda su obra y configura su rol de artista performativo. Fusionó mitología y referencias filosóficas con el imaginario de lo popular y banal, a través fundamentalmente de la cultura de masas. Para la realización de estos bocetos, Dalí aplica esta nueva experimentación, pero tiene en cuenta que se trata de la adaptación de una obra de teatro clásico, vinculada al romanticismo, adaptada al aparato ideológico franquista. Por ello, la renovación que introdujo en dicha puesta en escena aparece plagada de símbolos, que marcan un momento de transición del imaginario surrealista a una estética que el propio Dalí denominó poco después "neomisticismo", consistente en una vuelta a los pintores clásicos y que escondía cierta ironía.

La obra teatral fue representada en Madrid durante dos años consecutivos (1949 y 1950), bajo la dirección de Luis Escobar y Huberto Pérez de la Ossa. El conjunto de bocetos conservado pertenecen a la segunda versión de 1950, donde el alarde fantástico se hizo más profundo, causando un gran revuelo en público y crítica. Esta obra le sirvió como estrategia de presentación ante los círculos de la cultura española franquista y le ayudó a introducir el carácter de artista excéntrico e inimitable que marcó la etapa final de su carrera, cuya dimensión performativa posee un enorme valor vanguardista y experimental.
 

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